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31 may. 2015

Los Celtas: una cultura ancestral y mágica.






La magia de la infancia:
Los Celtas ya pensaban que los niños tienen más sensibilidad ante determinados fenómenos “extraños” y son más “perceptivos” que los adultos. Por eso, para ellos, la infancia era un periodo mágico. Los padres ponían un apodo al niño antes de ponerle un nombre (y lo hacían antes de que cualquier fuerza pudiera influir ya en su destino), ya que el significado del nombre determinaría su futuro. Estos apodos procederían de algún acontecimiento de los primeros años de vida y más adelante le daban el nombre, llegando así a un segundo nacimiento con el que ya poseían una sabiduría excepcional para su edad y (algunos) poderes sobrenaturales. Los denominaban “niños sabios”.

En la magia y la guerra:
Para los Celtas la guerra se trataba de un oficio dificultoso, de largo camino para el aprendizaje, de mucha dedicación, destreza y fuerza. Aplicaban una gran disciplina en sus técnicas de combate, con estilos de lucha especiales y desconocidas para muchas de las culturas coexistentes en esos momentos. Eran expertos en el manejo de dagas, espadas, lanzas y escudos; eran capaces de realizar proezas en combate por lo que eran guerreros temibles y muy respetados.
Las armas de los guerreros, de gran trabajo artesanal, eran los bienes más preciados para ellos ya que también les acompañan después de su muerte, para usarlas en el más allá.
Para ellos lo más importante en el campo de batalla era la lealtad, el valor, el honor y el respeto y el objetivo en sus batallas era llegar a “la sabiduría de la espada”.
Temían ser deshonrados. El jefe era responsable de proteger a sus hombres, incluso después de la muerte.
Las mujeres, también eran guerreras… y brujas, que ayudaban con poderosos conjuros para facilitar la victoria en las batallas.
Relatos de textos clásicos de Grecia describen como la magia también tiene un papel importante en la batalla, sobre todo en batallas de poderes mágicos. El nombre propio estaba relacionado con el nombre que tomaban como guerreros y con el nombre de uno de los Dioses, lo que creaba un vínculo entre la persona, el guerrero y el Dios. También con el arma de guerra relacionada con ese Dios, haciendo que el arma llegara a ser una prolongación de su cuerpo. Y también algunos relatos nos narran historias de guerreros con poderes propios.

Su relación con la muerte:
El Señor de los Muertos era el Dios Donn (Donn Firineach “Donn de la verdad”). Ante Él, todos los hombres y mujeres rinden tributo al final de su existencia. Donn, Dios ascentral, habita en una oscura y profunda cueva bajo el cuidado de nueve doncellas que, mediante sus soplidos, crean el fuego de su inmensa caldera mágica. El reino de Donn se extendía desde esas profundas cuevas hasta las tumbas del exterior.
Para ellos la muerte era un viaje hacia otra esfera de existencia y pensaban que la fuente de conocimiento procede del “otro mundo”. La Tierra de los Muertos albergaba la sabiduría y conocimiento de los vivos. Un autor clásico relataba cómo las almas de los muertos atormentaban a los pescadores de Bretaña para pedirles que les llevasen a la Isla de Donn, para acortar su viaje hacia lo que para ellos sería “la luz”. Los pescadores se negaban ya que si un mortal cruzaba ese umbral antes de su hora, al salir envejecía de golpe y moriría en deshonor.

Su conocimiento sobre Climatología:
Los celtas sentían un gran respeto a la naturaleza y al clima ya que su existencia dependía de las cosechas y los animales.
Eran capaces de realizar previsiones meteorológicas para facilitar la pesca y las cosechas, aunque asumían que las fuerzas de la naturaleza controlaban el destino de los hombres. El sol, venerado por ellos, era fuente de vida al igual que la luna.
Asociaban el moviento de las estaciones con el cielo y con “El reino de Donn o de los muertos”.

Su conocimiento sobre el Más Allá:
El otro mundo para ellos era una dimensión sobrenatural en la que el tiempo, el espacio y las leyes cotidianas no tenían valor. En esa dimensión se encontraba el Reino de los Muertos, el Reino de los Dioses, las legendarias Islas Occidentales, el Reino de las Hadas y el Reino Submarino.
Existe un cierto paralelismo con diversas teorías actuales que intentar explicar la existencia de una dimensión en la que existen energías fuera de nuestro entender, donde se manifiestan las psicofonías y otros fenómenos paranormales. Realmente ellos tenían constancia de esa existencia dimensional. ¿Podrían acaso tener razón o disponer de medios de transcomunicación de aquel entonces que desconocemos actualmente?
Tenemos conocimiento de que en el mundo antiguo Pitágoras llego a utilizar algo parecido a la oui-ja para comunicarse con los espíritus de los desencarnados.
Según los Celtas, si un hombre era capaz de volver de esa dimensión, se le concedían poderes sobrenaturales e incluso armas y objetos mágicos. Así como “sabiduría” como en el caso de Druidas y Brujas. La forma de acceder a ese mundo era como una puerta de niebla o la entrada a una cueva misteriosa.
Los celtas ante su tremendo respeto a los animales mantenían la creencia de que muchos de ellos poseían poderes sobrenaturales y un intenso sentido espiritual, que les concedía el poder de ir y venir de forma libre “al toro lado”.
El cerdo, el oso, los perros, caballos eran animales preferentes en su cultura esotérica.
Otras puertas las denominarían “sídh” (las viejas tumbas del paisaje celta) de las que a veces salían hadas para raptar a los hombres y llevarlos al otro mundo, donde serían torturados horriblemente.
Los escritores clásicos admiraban asombrados cómo los poetas celtas pasaban las noches en los alrededores de las tumbas de sus ancestros para, de cierta forma, adquirir su talento. Para ellos los espíritus pasan al mundo de los vivos con relativa frecuencia.
Según Julio César, los druidas celtas en un momento concreto del año se reunían en determinados puntos que formaban un punto de energía especial y conectaban con el cosmos y las puertas a todos los mundos exteriores. Así eran capaces de alcanzar conocimientos profundos sobre el cosmos. Los lugares donde se cruzaban las dimensiones “al otro mundo” poseían determinadas características como cascadas, pozos y serían una especie de barreras, siendo estas más vulnerables en determinados momentos del año.
¿Existían realmente esas puertas? Y de ser así, ¿qué poder o conocimiento poseían en aquel entonces para cruzarlas? Esos misterios probablemente jamás serán resueltos. Los Celtas las denominaban “puertas a otros mundos”.
Cuando era “la noche de los espíritus”, los habitantes solían encerrarse en sus casas por miedo al contacto sobrenatural. En esas noches, valientes guerreros aprovechaban la oportunidad para atravesar el umbral hacia el otro lado, intentando volver con vida y regalos mágicos o poderes siempre manteniendo su fe y cordura.
Los celtas no creían en los ángeles, creían en los “Serafines” que habitaban en el País de los Serafines.
También destacar el gran poder e importancia que para ellos tenían las Tríadas y el número tres. Estaba presente en sus símbolos, en sus grupos de patrullas guerreras, etc. El número tres se relacionaba con la magia, muy normal en su existencia y en su cultura.
Su objetivo primordial era mantener, por encima de todas, las tres condiciones:
- venerar a los dioses
- no hacer el mal
- y comportarse con honor.
Para ellos, la muerte era un punto intermedio en una larga vida. A sus muertos no solo les dotaba de armas, joyas y objetos peronales o mágicos, sino también con comida y bebida para su viaje a ese lado. Incluso se han encontrado en sus sepulturas anímales como perros y caballos.